Hablemos de PAZ

Mientras el conflicto entre Israel y Hamas multiplica el dolor y la destrucción, el debate público se ha convertido en un campo de batalla ideológico.

Mientras el conflicto entre Israel y Hamas multiplica el dolor y la destrucción, el debate público se ha convertido en un campo de batalla ideológico. Entre el ruido, las consignas y los ataques cruzados, la palabra “paz” parece haber desaparecido del vocabulario. 

El 7 de octubre de 2023 cambió el curso del conflicto entre Israel y Hamas. Aquel día, el mundo volvió a estremecerse. Hamas lanzó un ataque terrorista coordinado desde la Franja de Gaza, utilizando tierra, mar y aire. Asesinaron a más de mil doscientas personas, la mayoría civiles, y secuestraron a más de doscientas cuarenta. Las imágenes de aquel día dejaron una huella imborrable: hogares arrasados, familias enteras desaparecidas, el miedo volviendo a dominar la vida cotidiana. No hay justificación posible. El ataque fue un acto terrorista y una violación flagrante del derecho internacional humanitario.

Pero la respuesta israelí, intensa y prolongada, ha abierto otro capítulo doloroso. Los bombardeos sobre Gaza han destruido hospitales, escuelas, viviendas. Decenas de miles de civiles han muerto, muchos de ellos niños. El bloqueo agrava la falta de agua, alimentos y medicinas. En este escenario, los principios del derecho internacional —proporcionalidad, distinción entre civiles y combatientes, protección de inocentes— parecen haberse diluido. El sufrimiento se ha vuelto cotidiano y las cifras, frías estadísticas. La tragedia humana se repite en bucle.

Conviene decirlo con claridad: no se puede culpar a pueblos enteros. Ni el pueblo israelí ni el palestino son responsables del horror que generan sus dirigentes y las estructuras armadas que los oprimen. Hamas mantiene prácticas inaceptables —uso de escudos humanos, secuestros, rechazo a cualquier diálogo real— que perpetúan el conflicto. Pero los líderes israelíes que ordenan bombardeos indiscriminados o prolongan bloqueos que asfixian a millones también deben rendir cuentas. Ninguna causa, por legítima que se crea, puede justificar el sufrimiento de inocentes.

La paz debe ser la meta. A lo largo de los últimos meses, líderes como el Papa León XIV han intervenido con autoridad moral clara: “no hay futuro basado en la violencia, el exilio forzado ni la venganza», «La gente necesita paz. Quienes la aman de verdad trabajan por ella». También lo han pedido las Naciones Unidas, la Unión Europea y muchas voces independientes. Alto el fuego, liberación de rehenes, corredores humanitarios, respeto al derecho internacional. Pero el clamor por la paz parece perder fuerza frente al ruido del enfrentamiento político y mediático. La compasión, esa palabra antigua, se ha vuelto sospechosa.

En España, el debate se ha convertido en una extensión de nuestra propia polarización. En lugar de empatía, se oyen reproches. En lugar de reflexión, consignas. Cada parte se apropia del dolor ajeno para reforzar su relato. En redes sociales, los gritos sustituyen a los argumentos; en los platós, se compite por quién tiene la indignación más rotunda. Y mientras tanto, el sufrimiento real —el de las personas que mueren o pierden todo en Gaza o en Israel— se disuelve entre titulares y tuits.

Muchos colectivos y figuras públicas prefieren apuntar con el dedo antes que tender una mano. Hablar de paz parece un gesto ingenuo, casi incómodo, en medio de tanto ruido. La palabra se ha vuelto incómoda porque obliga a mirar más allá de las trincheras ideológicas, a reconocer que todos pierden cuando la humanidad se degrada. Sin embargo, esa es precisamente la conversación que necesitamos y que pocos están dispuestos a tener.

La paz no es neutralidad, ni equidistancia. Es la decisión moral de poner la vida humana por encima de cualquier bandera. Es el compromiso de exigir responsabilidades sin odio, de escuchar sin prejuicios, de reconocer el dolor del otro sin justificar el propio. Pero para eso hace falta silencio interior, y hoy reina el ruido.

Quizás lo más preocupante no sea solo la guerra en Gaza, sino la indiferencia creciente hacia la idea misma de paz. Como si hablar de reconciliación fuera una forma de debilidad. Pero no lo es. En un mundo que se acostumbra a la violencia, apostar por la paz es un acto de valentía. Y aunque a muchos ya no les interese hablar de ella, sigue siendo lo único verdaderamente importante

Hagamos, entre todos, que la paz no sea la gran ausente y hablemos de ella como el gran objetivo.

Comparte esto:

Facebook
X

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Hola, 👋
¿quieres que te avise de las nuevas entradas que publique?

Regístrate para recibirlas en tu email.

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.