Un hecho real para agradecer públicamente la labor que día a día hace la Guardia Civil.
El día 25 de enero llego, desde un rinconcito de España llamado Navarra, a tierras gallegas para pasar unos días de descanso.
Este día fue uno de los que el viento, la nieve, el granizo y también un poquito el sol aparecieron a lo largo de todo el camino y el viaje se hizo un poco más pesado y tenso.
También se hizo presente la ley de Murphy en este viaje puesto que a pesar de haber pasado la revisión del coche dos días antes de venir, precisamente por el viaje a realizar, tuve la mala suerte (la buena si pienso que no me pasó nada) de que se reventara la rueda trasera de mi coche en el momento que salía del túnel de La Canda en plena borrasca de agua y nieve.
Me bajé del coche, comprobé que efectivamente el ruido que oía detrás correspondía a la rueda reventada, me puse el abrigo, la bufanda, el chaleco reflectante y el triángulo de señalización de avería a la vez que me dispuse a colocar el gato y proceder al cambio de la rueda.
En ese momento aparece un coche de la sección de tráfico de la Guardia Civil y se coloca detrás del mío para protegerlo y señalizarlo mejor. Desciende del mismo el agente que iba de copiloto, me saluda amablemente y me pregunta qué es lo que me pasa. En ese momento no acierto sino a decir: “Llegan ustedes en el momento oportuno, ¡bien por la Guardia Civil!” y les comento que se ha reventado la rueda y que la estoy intentando cambiar.
Sin mediar palabra alguna y de manera amable y servicial se pone manos a la obra el agente en cuestión, me pide la llave para aflojar las tuercas, quita la rueda reventada, coloca la de repuesto, aprieta de nuevo las tuercas y me desea que termine el viaje con tranquilidad. Mientras tanto el otro agente, que conducía el vehículo patrulla, estuvo atento a la circulación hasta que viendo que su compañero terminaba de colocarme la rueda se fue hasta donde había dejado el triángulo, lo recogió y lo metió en el maletero al igual que hizo con la rueda estropeada. Finalizó diciéndome que la salida más próxima era la 124 y que allí había una gasolinera para que pudiera comprobar la presión de la rueda recién cambiada ya que “por el paso del tiempo y su no utilización suelen perder presión” (y efectivamente iba bastante baja). Entre tanto el primer agente se limpiaba las manos con un poco de la nieve caída en la cuneta.
Esta es mi historia. Real como la vida misma. Y me apetece contarla para agradecer públicamente la labor que día a día hace la Guardia Civil. Normalmente hablamos, mal por cierto, de la Guardia Civil de tráfico cuando nos ponen alguna denuncia o nos llaman la atención por algo que nosotros no hemos hecho del todo bien y pensamos que cosas como la que me ha pasado a mí tienen la obligación de hacerlas y no debemos reconocerlas. Me niego a eso y quiero que todo el mundo se entere de esta actuación porque la misma sólo es una parte pequeña de las que día a día realizan y no se ven. O si se ven no las contamos.
Por mi parte, muchas gracias a estos agentes que enorgullecen así la labor de la Guardia Civil y de sus miembros. Así que ¡bien por la Guardia Civil!