“Las agresiones a profesores aumentan un 128% durante este curso en Navarra”, este es el brutal titular con el que amanecí el domingo al leer Diario de Navarra.
“Las agresiones a profesores aumentan un 128% durante este curso en Navarra”, este es el brutal titular con el que amanecí el domingo al leer Diario de Navarra. “A falta de un trimestre ya se registran 89 casos, 50 de ellos ataques físicos. La mayoría de agresiones fueron en colegios de Primaria por alumnos (79) o sus familiares (9)”, decían los subtitulares.
¿Alguien se pregunta qué está pasando? ¿alguien se ha parado a pensar qué estamos haciendo con la educación de los hijos? Esta pregunta va dirigida fundamentalmente a los padres y a quienes diseñan el currículo educativo. También, claro que sí, a los propios profesores.
Mi experiencia en algún consejo escolar ya me hizo intuir hace años que algo estaba cambiando, que el profesor se estaba quedando sin autoridad, ya que, nunca lo hubiera pensado, las propias familias se la estaban quitando y los profesores la estaban cediendo.
Pude vivir un caso concreto hace ya unos años, en el que dos alumnas de un instituto habían insultado gravemente a una profesora diciéndole, en la escalera del centro, que era una hija de…, que sabían cuál era su coche y que la iban a matar. Obviamente esta profesora comunicó el incidente de inmediato a la dirección del centro y ésta inició el correspondiente expediente informativo, porque antes de proceder a cualquier tipo de sanción había que analizar el caso y escuchar a todas las partes. En ningún momento se cuestionaron los hechos. Yo participé directamente en la instrucción y cuál fue mi sorpresa que los padres de estas alumnas no sólo no pidieron disculpas por los hechos realizados por sus hijas (creo que hubiera sido un buen ejemplo para ellas), sino que arremetieron contra la profesora “por no saber educarlas”. También un profesor del centro cuestionó la manera de educar a las jóvenes y pregonó que sancionarlas no iba a ayudar en nada en este caso, que sería mejor aplicar otro tipo de medidas. Mi propuesta fue inmediata dada la gravedad de los irrefutables hechos: de manera preventiva expulsión del centro tres días y con posterioridad ya resolveríamos el expediente, aumentando la sanción si así se creyera necesario. Al final de todo, tras escuchar con vergüenza a los padres defender la inocencia de sus hijas y cuestionando la profesionalidad de la profesora (“algún motivo habría para que mi hija le dijera eso”, fueron palabras de un padre) se ganó la votación en el Consejo escolar por sólo 4 votos de diferencia, y se expulsó a las alumnas a casa durante cinco días.
Recuerdo como mis padres daban la autoridad que se merecían a mis profesores. Nunca les dejaron solos en la aventura de mi educación. Nunca delegaron mi educación solamente en ellos. Tampoco en los catequistas que me formaron para la Primera Comunión y Confirmación. Sabían que lo principal era lo que yo veía en casa, la educación en la familia, y después la importancia del día a día en los demás entornos. Todos, para mí, eran autoridad, porque así se la daban mis padres, por respeto a quien me está enseñando, porque eran mayores que yo y, también, porque para mis padres esos eran los valores y principios que querían trasmitir a sus hijos.
Un claro ejemplo fue cuando a los años de haber terminado el colegio, nos encontramos mi madre y yo con un antiguo profesor y tras saludarle y despedirnos de él, comenta mi madre, como anécdota, cómo una vez ese profesor me hizo salir de clase por haberme escuchado en voz alta el mote que le habíamos asignado y como ella, aun no estando de acuerdo con la decisión, nunca me apoyó, porque eso era quitarle la autoridad al susodicho profesor.
El profesor no es uno más de clase. El padre o la madre no es uno más de la familia. El hijo, la hija, no es el colega de turno ni el líder de la manada. El alumno debe respeto al profesor, monitor, catequista o educador y los hijos lo deben a sus padres, a sus abuelos, a sus mayores. Es cuestión de valores, de principios, de educación, de saber qué es lo que queremos para nuestros jóvenes en esta sociedad. De lo que sembremos ahora recogeremos, aunque no siempre se logra, un tipo de cosecha u otra.
Tenemos que volver a dar autoridad a los profesores. Debemos devolver la cordura a las aulas. Los educadores tienen que sentir el apoyo de los padres y de toda la sociedad si queremos formar decentemente a nuestros jóvenes.
Hay que dar sentido, de nuevo, a los valores humanos, a las conductas y modales desde el respeto y la solidaridad. Tenemos que enseñar a dar significado a qué es vivir en sociedad, a expresarse sin provocar heridas innecesarias, a valorar lo que han hecho por nosotros aquellos que nos antecedieron, a dar sentido a nuestra vida, al valor de la familia y los amigos, a respetar lo que no es de uno y lo que es de todos…
Estoy convencido que con algo de todo esto hubiéramos evitado muchas agresiones en las aulas, en el fútbol infantil y juvenil, en las villavesas o incluso no se hubieran producido las infames algaradas callejeras de estos últimos días.
Pongo fin dando las gracias a todos los padres y profesores que trabajan y luchan por dar una educación con sentido a todos esos jóvenes que pasan por sus vidas. A mis padres, a mis queridos profesores, a mis catequistas… ¡Muchas gracias por haberme ayudado a ser así!
Fuente fotografía: Colpisa. SXC. Diario de Navarra.