El debate del aborto, lejos de ser un asunto cerrado, sigue siendo una cuestión moral, jurídica y social de primer orden.
En las últimas semanas, las declaraciones del presidente Sánchez sobre el aborto han reabierto un debate que, lejos de ser un asunto cerrado, sigue siendo una cuestión moral, jurídica y social de primer orden.
No se trata solo de un tema ideológico, sino de un problema ético de fondo: el valor de la vida humana. Quienes enfocamos nuestro día a día desde el humanismo cristiano, sostenemos que la vida es un bien inviolable que debe ser protegido desde su inicio hasta su fin natural. Por eso, decimos con claridad y sin ambigüedades: no al aborto, no a la eutanasia.
El humanismo cristiano no es una ideología caduca ni un dogma religioso impuesto, sino una visión integral del ser humano. Parte del reconocimiento de su dignidad intrínseca, anterior a cualquier ley o decisión política. Defender la vida no es una opción confesional, sino una exigencia racional y moral. Una sociedad que niega valor a la vida en sus etapas más frágiles -ya sea la del no nacido o la del enfermo terminal- está construyendo sobre arenas movedizas su propio futuro.
Resulta preocupante la tendencia, cada vez más extendida, de recurrir a etiquetas simplificadoras para deslegitimar al que piensa diferente. A quienes defendemos el derecho a la vida se nos llama ultracatólicos, como si la defensa de un principio universal fuera una extravagancia extremista. Si por defender la vida desde la concepción hasta la muerte natural soy ultracatólico, por defender la Constitución soy ultraconstitucionalista, por proteger el Fuero de Navarra ultraforalista, por defender la unidad de España ultraespañol, y si defender la paz, la libertad individual, política, social y sindical, la familia, la libertad de enseñanza, la propiedad, la igualdad de oportunidades o la solidaridad e integración social me convierte en ultra, entonces sí, soy un ultra, y orgulloso de serlo. Porque ser coherente con los principios no es extremismo, es integridad.
La auténtica modernidad no consiste en renegar de los valores que han sustentado nuestra civilización, sino en saber actualizarlos a los nuevos retos sin traicionar su esencia. Por eso resulta decepcionante ver cómo algunos partidos políticos, guiados por modas o cálculos electorales, se mueven con ambigüedad en estas cuestiones. El miedo al qué dirán, el deseo de parecer progresistas, conduce a la incoherencia política, moral y al vaciamiento de principios. La defensa de la vida no puede ser objeto de mercadeo político ni someterse a los sondeos de opinión.
Quienes militamos en Unión del Pueblo Navarro (UPN), lo hacemos, entre otras cosas, porque mantiene en su artículo 2 de los Estatutos un compromiso firme y transparente: “Promueve los valores del humanismo cristiano, el respeto de los derechos humanos y de la dignidad de la persona desde su concepción y hasta su final. Defiende la vida; en consecuencia, es contrario al aborto y la eutanasia.” Esa claridad estatutaria, doctrinal y ética es precisamente lo que nos identifica y nos diferencia de otras formaciones. En un tiempo de confusión moral y relativismo, este artículo reafirma nuestro compromiso con estos valores porque creemos en la dignidad inalienable de cada ser humano, sin excepciones.
La defensa de la vida no es solo una cuestión religiosa o ideológica: es el fundamento mismo del bien común. Cuando una sociedad deja de reconocer el valor de cada vida humana, sin importar su etapa o condición, comienza a perder su humanidad. Si no creemos en la vida, si no defendemos al no nacido ni al enfermo desahuciado, si no somos fieles a los valores y principios que nos legaron nuestros mayores, esta sociedad está abocada al fracaso moral y, también, espiritual.
Defender la vida no es mirar al pasado, sino asegurar el futuro. Es apostar por una civilización del acompañamiento, del respeto y de la justicia auténtica. Frente a quienes confunden progreso con ruptura, hay que afirmar que no hay modernidad sin humanidad, ni humanidad sin respeto absoluto a la vida. Porque solo una sociedad que ama y protege la vida en todas sus etapas puede aspirar, con legitimidad, a llamarse verdaderamente libre y digna.
Todo lo demás no dejan de ser meras etiquetas interesadas.
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