“Que tiene gusto, estilo o elegancia”. Así define la RAE el título de esta entrada.
“Que tiene gusto, estilo o elegancia”. Así define la RAE el título de esta entrada, que me he animado a escribir al haber caído en mis manos, y leído, la Guía de Estilo: usos y buenas prácticas que ha publicado recientemente la Universidad de Navarra y, que sin querer, ha conseguido hacerme reflexionar sobre la importancia de los gestos, palabras y actos que realizamos cada día, muchos de ellos de manera mecánica e inconsciente, y que, nos guste o no, nos definen, y mucho.
Reconozco que me han entrado dudas de escribir algo sobre este tema, por eso de que no piense nadie que soy un mojigato o un carcamal que ahora le da por reflexionar sobre los usos y buenas prácticas. Incluso me he planteado si es un tema actual que pueda interesar a alguien. Mi conclusión ha sido que sí, que es muy actual, que es muy real y que además es moderno y necesario hablar de ello, porque, como decía mi abuela: “hijo mío, lo que se ve por ahí”.
Cuando en algunas ocasiones hablaba con ella sobre este tema, me contaba cómo con 9 o 10 años cursó la asignatura de Urbanidad. En ella les enseñaban cómo debían comportarse tanto de niños como cuando llegaran a la edad adulta, en tres ámbitos a los que iban a enfrentarse: ante Dios, ante uno mismo y ante los demás.
El ámbito de Dios, de la relación que cada uno tenga con Él, queda entre ambos y no seré yo quien dé consejos sobre esto en esta entrada del blog, aunque la utilización de su nombre para despotricar contra todo y contra todos, en cualquier momento y situación, daría para escribir más de una línea. De los otros dos ámbitos sólo refrescaré algunas situaciones que cada día vivo, y padezco, y con las que únicamente pretendo que cada cual saque sus propias conclusiones.
Ocho de la mañana de un día cualquiera, subimos al autobús urbano entre cinco y seis personas para ir a nuestro trabajo, y solamente dos, algún día tres, pronuncian por su boca las palabras buenos días al conductor. En el mismo autobús viajan un mismo grupo de jóvenes que acuden a sus centros educativos y que ocupan la práctica totalidad de los asientos. Ninguno de ellos tiene siquiera la intención de levantarse, aun viendo a personas mayores que van en los pasillos, de pie, bien sujetos, para no caerse. Casi todos ellos, los jóvenes, van escuchando música o wasapeando a su bola sin articular palabra alguna entre ellos. La misma situación a la vuelta del cole y de mi trabajo a la hora de comer.
Marquesina del autobús, la gente espera, algunos sentados en el respaldo con los pies en el asiento, otros comen pipas o están fumando, cáscaras y colillas que veo caer al suelo, claro que sí, y cuando viene el autobús es igual tener gente delante que, como buenos seguidores de Marc Márquez, han de practicar el adelantamiento por la derecha llegando a rebufo del que está delante, no vaya a ser que se queden sin sitio para sentarse.
En la oficina y en el lugar de trabajo a veces parece que cuesta dinero pronunciar las palabras buenos días o adiós, hasta la tarde o hasta mañana. Cualquier día y a cualquier hora, mientras hacemos recados o tomamos un café en el bar de al lado, voces altas, palabras que no vienen a cuento, insultos, gritos… Hora de la comida, las palabras gracias, muy amable, que rico todo, parece que no existen cuando te sirven o cuando uno se marcha, en casa o fuera de ella, es igual. Y llega la tarde, vuelves a casa, enciendes la televisión y ves como los tertulianos se quitan la palabra, no se respetan, se insultan, los subtítulos con faltas de ortografía cada dos por tres, algunos que van vestidos para una fiesta de disfraces… violencia, sexo, morbo, la vida de los demás…
Veo que estas reflexiones no son sólo cosas mías. Si uno busca en internet puede encontrar comentarios como este: “Urge una nueva asignatura de Urbanidad para la España del siglo XXI que nos ayude a circular por las calles, por las casas, por las oficinas y por los lugares de ocio con criterios claros y con convenciones definidas. Cuándo tienen sentido los besos y cuándo son un engorro y un exceso, cómo deben los padres poner firmes a sus hijos en los lugares públicos, cómo vestir sin que parezca que estamos siempre en Carnaval, en qué momento de la noche –e incluso del día- es impropio de una persona civilizada proferir berridos aunque su equipo haya ganado por goleada, de qué manera hay que intentar hablar con otra persona sin mirar mientras tanto el móvil, cómo evitar que las calles se conviertan en pocilgas… Tantas y tantas cosas que los tiempos actuales exigen ordenar en lo referido a comportamientos y costumbres” (visto en vozpopuli.com).
Pues sí, definitivamente sí, como señala la portada de la guía mencionada al inicio de esta entrada: el estilo es una forma de decir quién eres sin tener que hablar. Cuídalo y sé estiloso.
Un comentario
Me ha gustado esta entrada Eradio. Por lo que leo en tu perfil ;-), perteneces a una generación que ahora tiene la madurez suficiente -y la perspectiva- para entender todos los cambios que se van produciendo en la sociedad: los que nos hacen mejores y los que, claramente, nos empeoran. Los que son más jóvenes no los consideran cambios porque evolucionan con ellos y los que son más viejos directamente no los entienden y eso no les convierte en intolerantes, por supuesto. Reconozco que no me considero estiloso (qué vanidad por mi parte) pero creo que sí sé diferenciar el buen estilo del malo. Mucho ánimo.
Fernando